De mitos a forestales

Por Catalina Guerra

En mi corta carrera estudiando sobre ecología de bosques y biogeoquímica, me he dado cuenta de que existen ciertos desacuerdos entre lo que dice “la gente” y lo que dice la “academia”. Se repite en el discurso político, legislativo y comercial, las consignas que afirman que los monocultivos forestales i. capturan carbono ii. promueven la biodiversidad iii. evitan la erosión de suelos, y iv. sus especies pueden ser utilizadas para hacer bosques “mixtos” nativo-pino. Lo anterior además, está garantizado por una serie de sellos de buenas prácticas forestales hechos para ecosistemas del hemisferio norte, donde de hecho, esas consignas si se cumplen.

Pero en Chile la ciencia, los ecólogos y ecólogas que estudian el centro y sur del país, así como las personas que habitan esas tierras antes de la colonización, saben muy bien que la realidad es muy distinta. En una búsqueda “sencilla” en google académico [Forest Plantation AND Chile] inmediatamente se vislumbra una problemática muy estudiada. Las investigaciones revelan, a groso modo, que i. El manejo forestal intensivo en vez de capturar CO2 lo emite, ya que el árbol se corta cada ~13 años; ii. Los monocultivos forestales reducen fuertemente la biodiversidad, aunque muchas especies pueden circular en monocultivos de pino, la mayoría requieren específicamente de especies nativas para habitar, moverse o alimentarse iii. La tala rasa es una de las actividades con mayor impacto negativo en los suelos. Además, también está documentado que el potencial invasor de los pinos en los ecosistemas chilenos es abrumador, es decir un bosque mixto en unos pocos años estará dominado por pino.

Y no es que los pinos sean malos, en su ambiente natural es parte de un ecosistema completamente adecuado a ellos y no causan problemas. Pero en Chile, es un competidor demasiado aventajado. No solo lo plantan todo el tiempo, sino que además se reproduce muy rápido, consume muchísima más agua, acidifica el suelo, crece rapidísimo en comparación a un árbol nativo y además viene acompañado de un hongo que también compite con los microorganismos del suelo. Y ¿quién se hace cargo de esa externalidad negativa? Hasta ahora, nadie.

Es crucial proteger estas “Islas”de bosques nativos del centro y sur que flotan en este mar de forestales, pero ¿de quién son? ¿cómo se protegen? Bueno… son principalmente de las mismas forestales o de personas naturales que no han talado (aún). La única manera de protegerlos es que todos tengan la voluntad de hacerlo. Para ello, es clave un “empujoncito” normativo, que incentive la conservación y rehabilitación ecológica por parte de privados. En el caso de las forestales, trabajar fuertemente en evitar las invasiones biológicas en sus espacios nativos y por la creación de corredores biológicos que conecten los fragmentos nativos. Así como también exigir estudio de impacto ambiental y prohibir el reemplazo de nativo por plantación. Y a los privados, trabajar en algún programa que permita la formación para el manejo sostenible, así como la remuneración económica por el impacto positivo a nivel país, tipo bonos de carbono.

Sobre Catalina

Catalina Guerra León, 24 años, Santiago. Bióloga y estudiante de Doctorado en Ecología en la pontificia Universidad Católica de Chile. Amante de la naturaleza y su relación con la humanidad. Convencida de que el conocimiento ancestral y local son fundamentales para la gobernanza justa y la ciencia aplicada. Enfocada en la sostenibilidad, feminismo, intergeneracionalidad y la cooperación. Miembro de la Sociedad Chilena de Socioecología y Etnoecología. Asesora en proyectos de desarrollo sostenible y docencia transdisciplinaria. Miembro del Comité de Prospectiva Juvenil asociado a la Comisión de Desafíos del Futuro del Senado de la República de Chile.